10 pasos hacia la serenidad

Conocernos mejor a nosotros mismos y reconocer nuestros verdaderos deseos es la base para vivir sin ansiedad. Para conseguirlo debemos generar un cambio de actitud que nazca de una escucha atenta y respetuosa de nuestras señales emocionales.

Los síntomas de la ansiedad nos indican la existencia de sufrimiento psicológico. Es entonces cuando corresponde que nos ocupemos de este dolor, tomándolo como una señal, como una advertencia. Si vamos por carretera y una luz roja se enciende en el tablero del automóvil, seguramente no nos detendremos, nerviosos y enfadados, para quitar la bombilla que nos molesta, sino para indagar en las causas de la alarma y ponerle remedio.

Al ir a buscar las raíces del problema, tratémonos a nosotros mismos como lo haríamos con un buen amigo, con esa especie de “grado cero” del amor que es el respeto y el cuidado. Si queremos superar la ansiedad tenemos que empezar por escucharla.

1 Decide cuidarte

Escuchamos no es obsesionarnos con nuestro malestar, ni perseguimos a nosotros mismos como si estuviéramos cometiendo un delito, ni buscar soluciones inmediatas que difícilmente son reales. Se trata de generar, desde nuestro interior, un claro y evidente cambio de actitud. Esa actitud inicial es lo que podríamos llamar “dar vueltas a la oreja hacia adentro”, porque escuchándonos a nosotros mismos nos pondremos sobre la pista de nuestros procesos internos y habremos dado un gran paso en la dirección de lo que el Dr. Levy llama “pasar del autorrechazo a la autoasistencia”, es decir, dejar de rechazar lo que nos inquieta para abordarlo con el mismo cuidado que lo haríamos si tratara de otra persona.

2 Tu cuerpo es tu aliado

El cuerpo es un gran aliado en este proceso de autoescucha y descubrimiento. Mostramos, con frecuencia, un embotamiento tal respecto de las sensaciones que provienen de nuestro cuerpo que sólo logramos escucharlas cuando nos hablan a gritos, a través del dolor de síntomas extremos que inmediatamente ligamos al peligro o a la presencia de una enfermedad. Sin embargo, los signos más cotidianos nos ofrecen mucha información valiosa: una tensión en el cuello y los hombros nos puede estar hablando de un exceso de carga y responsabilidad; una sensación de fatiga y abatimiento puede que nos indique que estamos empeñados en algo que quizás, en el fondo, no deseamos; una contracción exagerada de la mandíbula suele estar relacionada con una ira sostenida, tal vez desde tiempo atrás, que necesita ser atendida. Éstas, como otras muchas señales corporales, suelen ser la manera en que se expresan numerosas situaciones de insatisfacción prolongada que derivan en sentimientos de profunda ansiedad.

Además, aprender técnicas de relajación, con el yoga, o de autoconocimiento corporal, como la antigimnasia, es de gran ayuda para reconocer los momentos de ansiedad y para identificar sus posibles causas. Recuerda que existe una clara proximidad entre la tensión muscular y la ansiedad, así como entre la relajación y la serenidad. Empezar por calmar el cuerpo abre las puertas para tranquilizar las emociones.

3 Amplía tu abanico emocional

Debemos aprender a “leer” de manera correcta en las sensaciones que percibimos. Solemos contar con un espectro muy reducido y fijo de emociones reconocidas como propias, pero nos damos pocas oportunidades de explotar y transitar caminos nuevos. Hay un sinnúmero de estados emocionales que escapan a nuestro repertorio conocido, muchos estados emocionales que son descartados porque juzgamos que provienen de un mundo extraño e inquietante, y al que con exagerada facilidad teñimos siempre de los mismos colores: ansiedad o miedo. Me ha tocado ver pacientes que, delante de una situación novedosa y excitante se muestran súbitamente angustiados por las sensaciones corporales que los asaltan, y no llegan a darse cuenta de que son los signos físicos, ni más ni menos, que del entusiasmo.

4 Suma acción y emoción

Frente a un estado emocional que asumimos como ansiedad, podemos preguntarnos. “Si, en este momento, llevando por esta emoción, yo hiciera lo que realmente siento que necesito, ¿qué haría? . Utilicemos la emoción para imaginarnos una acción. Pueden aparecer escenas o fantasías inesperadas que nos brinden mucha y novedosa información acerca de nuestro proceso interno. Por ejemplo, si hace días o semanas espero encontrar a una persona por la que siento evidente atracción, quizás al encontrarla de forma inesperada sienta que no sé qué decirle, que se me seca la boca y que no sé cómo comportarme. Pero si me dejo llevar por la emoción y hago lo que realmente siento, quizá podría decirle, simplemente. “Qué suerte que te he encontrado, tenía muchas ganas de verte”.

5 Tú eres el protagonista

También podemos intentar cambiar el punto de vista, por ejemplo, cambiando la pregunta” ¿Qué me está pasando? “por” ¿Qué me estoy haciendo?. “se trata de adoptar una actitud más activa acerca de mis acontecimientos internos, para no comportarme sólo como un espectador pasivo e impotente. Es diferente decirse a uno mismo “tengo un nudo en la garganta” que “Me estoy apretando el cuello”. La segunda expresión no es que diga lo mismo utilizando otras palabras, sino que dice más que la primera, al instalarme como activo protagonista de la situación. Si me doy cuenta de que estoy haciéndome algo pernicioso, tal vez pueda intentar resolverlo de alguna manera menos dañina.

6 Expresa tu ansiedad

La ansiedad, como cualquier otra emoción, debe buscar el camino de su auténtica expresión mediante la palabra, la acción, la interacción, el encuentro con los demás. Siempre debemos buscar vías para la expresión de la ansiedad: puedes hablarlo con un familiar o amigo de confianza, puedes describir sobre papel tus sensaciones, puedes dialogar con ella tratando de entender qué te estás diciendo a ti mismo. Pero a veces la ansiedad nos abruma del tal forma que no es posible una respuesta creativa inmediata, y entonces conviene descargarla. Nunca debe ser ahogada en nuestro interior, pues eso es muy perjudicial. Prueba a darle salida a través de cosas tan saludables con el llanto, el grito o la actividad física.

7 Busca tiempo para ti mismo

Si necesitamos evaluar nuestras posibilidades y recursos para enfrentar las exigencias de nuestra vida cotidiana, tales como el trabajo, la vida familiar, el crecimiento como pareja, la realización profesional o la mejora de nuestras relaciones de amistad, primero necesitaremos tiempo para pensar, y eso no se puede hacer cuando saltamos de una obligación a la siguiente o cuando postergamos, de manera indefinida, un decisivo encuentro con nosotros mismos. Démonos un lugar en nuestra propia agenda. Rescatemos horarios dentro de nuestras actividades que nos permitan disponer de tiempo libre.

8 ¿Urgente o importante?

La ansiedad nos asalta a menudo cuando nos hallamos desbordados por requerimientos que demandan nuestra atención inmediata. Debemos aprender a discriminar lo urgente de lo importante. Se trata de una distinción que perdemos de vista cuando nos vemos inmersos en el fárrago de lo cotidiano.

9 No seas tan exigente

Cuando nos perdemos en los mares de la sobreexigencia, solemos ponernos por delante cometidos inalcanzables. En el mercado no se venden días de treinta horas ni manos de nueve dedos. Es común escuchar personas que se quejan de su incapacidad, frente a requerimientos que, en realidad, serían imposibles de cumplir para cualquiera. Las exigencias inalcanzables están de antemano condenadas a llevarnos a la parálisis y al bloqueo mental.

10 Todos somos humanos

Aprendamos a construirnos una vida de dimensiones humanas. Solemos asimilar la noción de límite a la de restricción. Pero límite también significa contención y conciencia de contención. Superar limitaciones implica un proceso cuidadoso, uno de cuyos mayores logros es reconocer el nuevo límite. Los límites siempre existen, pero podemos expandirlos. En eso consiste el crecimiento. Negarlos nos lleva, inevitablemente, a la ansiedad.

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